Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Oh! —profirió milady con voz concentrada y emparejando con el teniente—, no manifestéis a ese hombre ni una palabra de cuanto os he dicho, estoy perdida, y seréis vos, vos…

Como el rumor de pasos iba acercándose por momentos, milady se calló, temerosa de ser oída; pero con gesto de terror indecible puso su hermosa mano en la boca de Felton.

El cual apartó de sí y con suavidad a milady, que fue a caer en una silla de caderas.

Lord Winter pasó por delante de la puerta sin detenerse y se alejó.

Felton, pálido como un cadáver, permaneció por espacio de algunos segundos con el oído atento, y cuando se hubo apagado el rumor de los pasos de lord Winter, respiró como quien despierta de un sueño y salió precipitadamente de la pieza.

¡Ah!, dijo para sí milady, escuchando a su vez el rumor de los pasos de Felton, que se alejaban en dirección opuesta a los del barón, por fin eres mío. Sin embargo, añadió milady, si habla a lord Winter no hay remedio para mí, pues este, que sabe que yo no me mataré, ante él pondrá un cuchillo en mis manos, y resultará que toda mi desesperación no es más que una farsa.

Formulado este soliloquio, milady fue a mirarse al espejo; nunca había estado tan hermosa.


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