Napoleon
Napoleon Llegó un momento en que las dos divisiones se hallaron completamente cercadas y se echó mano de todos los medios para romper aquellos cuadros impasibles y mortales. Los mamelucos cargaban a la distancia de diez pasos, recibiendo el doble de fuego dela fusilería y de los cañones; después frenaban sus caballos, espantados por la repentina visión de las bayonetas, obligándoles a avanzar, volviendo grupas, encabritándoles y dejándose caer con ellos. Como si volvieran a la vida, los jinetes desmontados reptaban como serpientes para atacar a los pies de nuestros soldados. Tal lucha sin cuartel continuó durante los tres cuartos de hora que duró aquella terrible batalla. Nuestros soldados, ante aquella manera de combatir, no creían que se las estaban viendo con hombres, sino con fantasmas y demonios. Finalmente, los sanguinarios mamelucos, los gritos de horror, los relinchos de caballos espantados, las llamas, el humo… todo se desvaneció como si un torbellino se lo llevara, no quedando ya entre las dos divisiones más que un campo de batalla ensangrentado, erizado de armas y de estandartes y cubierto de cadáveres y de moribundos. De estos últimos incluso algunos en su agonía lograban incorporarse como la ola de mar que todavía no se ha calmado después de la tempestad.