Napoleon
Napoleon A los ojos de un águila que contemplara en aquel campo de batalla, debió de ser un maravilloso espectáculo el que ofrecÃan aquellos seis mil jinetes, los más hábiles del mundo, montados en caballos cuyos pies apenas dejaban huella en la arena, dando vueltas como una jaurÃa alrededor de aquellos cuadros inmóviles y expectantes, estrechándolos en sus repliegues, rodeándolos con sus nudos, tratando de sofocarlos si no romperlos, dispersándose, reuniéndose, y huyendo de nuevo, cambiando de frente como las olas que baten la orilla. Después, se volvieron sobre una sola lÃnea semejante a una serpiente gigantesca, en cuya cabeza se descubrÃa algunas veces el infatigable Mourad, elevándose por encima de los cuadros y dirigiendo los continuos ataques. De repente, las baterÃas de los atrincheramientos mamelucos fueron tomadas y los mamelucos se vieron atacados por los proyectiles de sus propias piezas, que dejaban numerosos heridos a lo largo de todo el campo de batalla. Su flotilla corrió la misma suerte, y devorada por el fuego que los franceses le causaron, fue tragada por el rÃo. Mientras que Mourad dirigÃa sus garras y sus dientes contra nuestros cuadros, las tres columnas de ataque ya se habÃan apoderado de los atrincheramientos; y Marmont, dominando el llano, abrasaba desde las alturas de Embabeh a los mamelucos encarnizados contra nosotros.