Napoleon
Napoleon Desde las primeras páginas de su peculiar libro sobre el emperador, el lector advertirá que las páginas que tiene por delante van a ser una biografía concisa y clara, plenamente histórica, sin concesiones a lo novelesco. Contra lo que pudiera imaginarse, apenas si encontrará alguna licencia discursiva más allá de alguna que otra anécdota reveladora de la infancia o juventud del biografiado. Muy por el contrario, apoyado en documentos fehacientes —el informe en este caso emitido por el inspector de escuelas militares al rey— el autor, en cuyo estilo no se adivina en absoluta su prodigiosa capacidad de fabulación, describirá la estatura de Napoleón (cuatro pies, diez pulgadas y diez líneas) sin el menor comentario por su parte. Desde el primer momento se nota claramente que lo que aquél pretende no es más que contar de una forma breve y verídica la vida del emperador.
En algunos casos sorprende por parte del autor algunas informaciones que en razón, probablemente, de esta brevedad le impide aclararlas al lector que, sin duda, hubiera agradecido su explicación. Tal es el caso concretamente de la acusación que se le hacía a Napoleón de «haberse vanagloriado de una nobleza imaginaria», falseando también su edad, pero que con la breve cita de un documento, el autor dice que es suficiente para rechazar tales acusaciones.