Napoleon

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Por desgracia, el coronel Campbell y su fragata estaban entonces en el puerto, por lo que fue preciso esperar, sin revelar la menor impaciencia, a que transcurriese el tiempo de su permanencia habitual, teniendo con él las acostumbradas atenciones para no levantar sospechas. En la tarde del 24 de febrero, Campbell pidió permiso para ofrecer sus respetos al Emperador; iba a despedirse de él y a preguntarle si se le ofrecía algo para Liorna. Napoleón le acompañó hasta la puerta y los criados pudieron oír estas últimas palabras que le dirigió:

—Adiós, señor coronel. Os deseo buen viaje. Hasta la vista.

Apenas salió el coronel, Napoleón mandó llamar al gran mariscal, pasó una parte del día y de la noche encerrado con él, se acostó a las tres de la mañana y se levantó al rayar el día.

Al echar una ojeada al puerto, vio que la fragata estaba haciendo los preparativos para darse a la vela. Desde aquel momento y como si un poder mágico hubiera encadenado sus miradas a aquel buque, no apartó de él los ojos; le vio desplegar una tras otra todas sus velas, levar anclas, ponerse en marcha y con un viento favorable de sudeste, salir del puerto y emprender el rumbo hacia Liorna.


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