Napoleon
Napoleon Apenas ha pronunciado estas palabras, cuando de todas las bocas sale el grito de «¡Viva el Emperador!». El ayudante de campo manda otra vez hacer fuego, pero los clamores ahogan su voz. Presa del pánico decide huir al galope. Cuatro lanceros polacos, por iniciativa propia, rompen filas al momento y se lanzan a su persecución. Después todos los soldados se desbandan hacia delante, rodean a Napoleón, se postran a sus pies, le besan las manos, se arrancan la escarapela blanca sustituyéndola con una tricolor. Los gritos, aclamaciones y el frenesí hacen saltar las lágrimas de su antiguo general. Sin embargo, no hay tiempo que perder: Napoleón manda dar media vuelta a la derecha, se pone a la cabeza de la columna y precedido de Cambronne y de sus cuarenta granaderos y seguido del batallón enviado para cerrarle el paso, llega a lo alto de la montaña de Vizille. Desde allí distingue, media legua más abajo, al ayudante de campo perseguido sin cesar por los cuatro lanceros, que les va ganando terreno gracias a su caballo fresco. Entra al pueblo y reaparece a los pocos segundos por el otro extremo, logrando escapar por un camino de travesía por donde los caballos de los polacos, rendidos de cansancio, no pueden seguirle.