Napoleon
Napoleon Napoleón espolea su caballo, y todo su reducido ejército le sigue, gritando y corriendo. Al llegar a lo alto de una colina ve al regimiento de Labédoyère que avanza a paso acelerado. Apenas lo divisan estas tropas, resuenan los gritos de «¡Viva el Emperador!» a los que los hombres de la isla de Elba responden con sus aclamaciones. Nadie conserva su puesto; todos corren, se desbandan en algarabía. Napoleón se lanza en medio del refuerzo que le llega; Labédoyère se apea presuroso de su caballo para abrazar las rodillas del Emperador; pero éste le recibe en sus brazos y le estrecha contra su pecho.
—Coronel, le dice, vos me colocáis de nuevo en el trono.
Labédoyère está loco de contento. Aquel abrazo le costará la vida, pero ¿qué importa? Cuando se oyen semejantes palabras, te conviertes en inmortal.
Se ponen en marcha al instante, porque Napoleón no se siente seguro mientras no se halle en Grenoble. Esta ciudad tiene una guarnición, que según se espera, no se entregará. En vano los soldados afirman responder por sus compañeros, pues Napoleón, que no está tan convencido como ellos, ordena marchar sin demora sobre la ciudad.
A las ocho de la noche alcanzan los muros de Grenoble.