Napoleon
Napoleon En efecto, al punto se repite este grito mágico, no solo en los baluartes, sino también en todos los barrios de la ciudad. Todos corren a las puertas, pero las puertas están cerradas y las llaves están en poder del comandante. Los soldados que acompañan a Napoleón se acercan; hablan con los de la ciudad, se dan unos a otros la mano a través de los postigos, pero no pueden abrir las puertas. El Emperador se siente turbado por una gran inquietud.
De pronto resuenan los gritos de «¡Plaza, plaza!». Provienen del arrabal Très-Cloître que traen maderos y vigas para derribar las puertas. Todos dejan paso libre: los arietes empiezan a golpear; las puertas rechinan, se quiebran y finalmente se abren. Seis mil hombres pasan atropelladamente a la vez.
Aquello ya no es entusiasmo: es furor, es rabia. Todos aquellos hombres se precipitan sobre Napoleón como si quisieran hacerle pedazos; en un instante, le sacan de su caballo y se lo llevan en volandas lanzando gritos frenéticos. Jamás en ninguna batalla ha corrido tanto peligro; todos sus lugartenientes tiemblan por él, pero él es el único que entiende que la oleada que lo arrastra es puramente de entusiasmo y cariño.