Napoleon
Napoleon Durante el mes anterior habréis tenido noticia de mi regreso a las costas de Francia, de mi entrada en ParÃs y de la partida de los Borbones. V. M. debe de conocer ya la verdadera naturaleza de estos acontecimientos: son obra de una potencia irresistible, la obra y la voluntad unánime de una gran nación que conoce sus deberes y sus derechos. La expectativa creada tras el mayor de los sacrificios no deja lugar a dudas; desde el momento en que he tocado la orilla francesa, el amor de mis súbditos me ha conducido hasta la capital. La primera necesidad de mi corazón es pagar tanto cariño con una tranquilidad honrosa. Siendo necesario el restablecimiento del trono imperial para la felicidad de los franceses, mi justo propósito consiste en hacerlo al mismo tiempo útil para afirmar el reposo de Europa. Ya es bastante la gloria que ha honrado alternativamente a las banderas de las diferentes naciones. Las vicisitudes de la fortuna han hecho que a grandes reveses sucedan grandes triunfos; hoy se abre ante los soberanos un palenque más hermoso, y yo soy el primero en subir a él. Después de haber presentado al mundo el espectáculo de grandes combates, será más grato no conocer en adelante más rivalidad que la de las ventajas de la paz, más lucha que la santa lucha de la felicidad de los pueblos. Francia se complace en proclamar con franqueza esta noble aspiración de todos sus deseos. Celosa de su independencia, el principio invariable de su polÃtica será el respeto más absoluto a la independencia de las demás naciones. Si son tales, según confÃo, los sentimientos personales de V. M, la tranquilidad general quedará asegurada por largo tiempo y la justicia, sentada en los confines de los Estados, bastará por si sola para guardar sus fronteras.