Napoleon

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Al referirse a la entrada victoriosa de Napoleón en Madrid, tras la cual «la España conquistada permaneció muda», ejemplifica la resistencia en la letra de un catecismo que el lector atribuye con manifiesta inexactitud a la Inquisición. Y todo porque en dicho catecismo —bien conocido en las publicaciones generales de la época— a la pregunta de «¿quién es el enemigo de nuestra felicidad?», se contestaba: «el emperador de los franceses». Inexactamente se decía también —tal era la versión que corría por Francia hacia 1840— que, entonces, «España, pacificada al parecer, obedecía casi toda ella a su nuevo rey».

Particularmente detalladas son las descripciones, en la biografía del emperador, de la campaña de Rusia y la batalla final de Waterloo, tras el tiempo de Elba y los Cien Días de Imperio, que decidió su destino. Por poner un caso, cuando el emperador, después de haber estado trabajando dieciséis horas durante tres meses, dijo al mariscal Ney antes de entrar por última vez en acción —levantándose y poniéndole una mano en el brazo— que «los azules siempre son azules y los blancos, blancos».




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