Napoleon
Napoleon Dumas termina su Napoleón con un testimonio personal en el que el autor se retrata a sí mismo, que dice: «El que estas líneas escribe no ha visto a Napoleón más que dos veces en toda su vida, con ocho días de diferencia y esto durante el corto espacio de un relevo; la primera vez, cuando iba a Ligny, la segunda cuando volvía de Waterloo, aquélla a la luz del sol, ésta a la de una lámpara; la primera vez en medio de aclamaciones de la muchedumbre, la segunda en medio del silencio de una población». Y agrega: «Tanto una como otra, Napoleón estaba sentado en el mismo coche, en el mismo sitio, vestido con el mismo traje; cada vez era la misma mirada vaga, extraviada; cada vez era la misma fisonomía, tranquila e impasible, sólo que al volver tenía la cabeza un poco más inclinada sobre el pecho que al ir». Una descripción que lleva al autor a preguntarse, finalmente, si el emperador iba así «por enfado, porque no podía dormir o por dolor de haber perdido el mundo».