Napoleon

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A la derecha de la carretera el general Durutte acomete las granjas de Papelotte y la de Haie, donde hay probabilidad de triunfo.

En fin, a la extrema derecha, los prusianos de Bulow, que han entrado por fin en acción, se establecen perpendicularmente a la derecha francesa. Treinta mil hombres y sesenta bocas de fuego marchan contra diez mil hombres de los generales Domont, Subervie y Lobau. Allí está, por el momento, el verdadero peligro.

Pero más peligro acecha todavía tras escuchar las noticias que van llegando: las patrullas del general Domont regresan sin haber visto a Grouchy, pero en breve, al fin, se recibe un despacho del mismo mariscal. En lugar de partir de Gembloux al amanecer, como había prometido hacerlo en su carta de la víspera, no había emprendido la marcha hasta las nueve y media de la mañana. Esto son muy malas noticias para los franceses, que necesitan su apoyo inmediato. Sin embargo, son las cuatro y media de la tarde y hace cinco horas que el cañón retumba. Napoleón confía en que, obedeciendo a la primera ley de la guerra, acudirá al ruido de los cañones. A la siete y media podría estar en el campo de batalla: hasta entonces hay que redoblar los esfuerzos y sobre todo detener los progresos de los treinta mil hombres de Bulow, que, si Grouchy llegara por fin, se encontrarán a aquella hora cogidos entre dos fuegos.


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