Napoleon

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Napoleón ordena al general Duhesme, que dirige las dos divisiones de la guardia joven, que se encamine a Plancenoit, hacia donde Lobau, acosado por los prusianos, se bate en retirada por escalones. Duhesme parte a galope con ocho mil hombres y veinticuatro cañones, los pone en batería y rompen fuego en el momento en que la artillería prusiana barre con su metralla la calzada de Bruselas. Este refuerzo contiene el movimiento progresivo de los prusianos y aun hay momentos en que parece que los hace retroceder. Napoleón aprovecha este respiro y manda a Ney que marche a paso de carga hacia el centro del ejército anglo-holandés y lo desbarate; llama a sí a los coraceros de Milhaud, que cargan a la cabeza para abrir un hueco; el mariscal lo sigue, y al poco rato corona la meseta con sus tropas. Toda la línea inglesa es amputada y atacada a quemarropa. Wellington lanza contra Ney toda la caballería que le queda, mientras que su infantería forma el cuadro. Napoleón comprende la necesidad de sostener el movimiento y envía al conde de Valmy la orden de trasladarse con sus dos divisiones de coraceros a la meseta para apoyar las divisiones de Milhaud y Lefèvre-Desnouettes. En el mismo momento, Ney hace avanzar la caballería pesada del general Guyot, a la cual se une las divisiones de Milhaud y Lefèbre-Desnouettes, que vuelven a la carga. Tres mil coraceros y tres mil dragones de la guardia, es decir, los mejores soldados del mundo, avanzan a galope tendido y chocan con los cuadros ingleses, que se abren, vomitan su metralla y vuelven a cerrarse. Pero no hay nada que contenga el ímpetu terrible de nuestros soldados. La caballería inglesa, rechazada y acuchillada por la larga espada de los coraceros y de los dragones, penetra por los intervalos y corre a rehacerse a retaguardia bajo la protección de la artillería. Al punto, coraceros y dragones se precipitan sobre los cuadros, rompiendo alguno de ellos, pero los soldados mueren sin retroceder un paso. Entonces comienza una horrorosa carnicería, interrumpida de vez en cuando por cargas desesperadas de caballería, contra las cuales tienen que revolverse los soldados franceses y durante las cuales los cuadros ingleses respiran y vuelven a formarse para ser rotos de nuevo. Wellington, perseguido de cuadro en cuadro, vierte lágrimas de rabia al ver acuchillar de aquel modo a su vista doce mil hombres de sus mejores tropas; pero sabe que no retrocederán un ápice, y calculando el tiempo que debe transcurrir antes que la destrucción sea completa, saca el reloj y dice a los que le rodean:


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