Napoleon
Napoleon El Emperador mandó entonces vender su vajilla de plata y la envió a la ciudad; pero el gobernador respondió diciendo que no quería que se vendiese sino al hombre que él propusiera. Tal hombre acabo dando seis mil francos por el primer envío que se hizo, apenas dos tercios del valor de la plata vendida al peso. El Emperador tenía costumbre de tomar un baño todos los días y se le dijo que se contentase con un baño por semana porque el agua escaseaba en Longwood. Había algunos árboles entre los cuales iba a veces a dar un paseo porque era lo único que daba sombra; el gobernador los mandó talar y como el Emperador se quejó de semejante crueldad, contestó el otro que ignoraba que aquellos árboles fuesen agradables al general Bonaparte, pero que, puesto que los echaba de menos, «se plantarían de nuevo».
Napoleón tenía a veces arranques sublimes y esta contestación provocó uno de esos.
—La peor medida de los ministros ingleses —exclamó—, no consiste precisamente en haberme enviado aquí, sino en haberme puesto en vuestras manos. Me quejaba del almirante, pero él, al menos, tenía corazón; vos deshonráis a vuestra nación y vuestro nombre será una mancha para ella.
Finalmente, se dio cuenta, por la calidad de la carne, que se proveía la mesa del Emperador de animales muertos y no matados. Se pidió que los suministraran vivos; pero esta petición no fue atendida.