Napoleon

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—¡Un cometa! —exclamó—: ese fue el vaticinio de la muerte de César.

El 11 de abril se le enfriaron extraordinariamente los pies y el doctor probó a calentárselos con fomentos.

—Todo es inútil —dijo Napoleón—; el mal no está ahí, sino en el estómago, en el hígado. No tenéis remedios para el ardor que me abrasa, ningún preparado, ningún medicamento para el fuego que me devora.

El 15 de abril empezó a redactar su testamento y se prohibió la entrada a su cuarto a todo el mundo excepto a Marchand y al general Montholon, que permanecieron con él desde la una y media hasta las seis de la tarde.

A esa hora entró el médico; Napoleón le enseñó su testamento aún inacabado y cada pieza de su neceser marcada con el nombre de la persona a quien estaba destinada.

—Ya lo veis —le dijo—; estoy haciendo mis preparativos de marcha.

El doctor quiso tranquilizarle; pero Napoleón no le dejó hablar.

—No hay que hacerse ilusiones —añadió—, sé lo que es esto y estoy resignado.


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