Napoleon
Napoleon —Querido doctor —le dijo—, después de mi muerte, que no debe hacerse esperar, quiero que procedáis a abrir mi cadáver; pero exijo que ningún médico inglés ponga la mano sobre mÃ. Deseo que saquéis mi corazón, que lo metáis en alcohol y que lo llevéis a mi querida MarÃa Luisa. Le diréis que la he amado tiernamente y que jamás he dejado de amarla. Le contaréis todo cuanto he sufrido, le diréis todo cuanto habéis visto y le daréis todos los detalles de mi muerte. Os encomiendo sobre todo un examen de mi estómago y que redactéis acerca de él un informe preciso y detallado que entregaréis a mi hijo. Desde Viena pasaréis luego a Roma, para ver a mi madre y a mi familia; les referiréis cuanto habéis observado acerca de mi situación les diréis que ese Napoleón, a quien han llamado el Grande, como a César y a Pompeyo, ha muerto en el estado más deplorable, careciendo de todo, abandonado a sà mismo y a su gloria. Les diréis que al expirar legó a todas las familias reinantes el oprobio y el horror de sus últimos momentos.
El 2 de mayo la fiebre alcanzó el más alto grado de intensidad que hasta entonces habÃa llegado, el pulso marcó cien pulsaciones por minuto y el emperador deliró. Era el principio de la agonÃa, que tuvo sus intermitencias. En sus cortos momentos de lucidez, Napoleón repetÃa sin cesar la recomendación que habÃa hecho al doctor Antomarchi.