El suicidio
El suicidio Esta definición basta para excluir de nuestra investigación todo lo concerniente a los suicidios de animales. Los conocimientos que tenemos de la inteligencia animal no nos permiten atribuir a las bestias una representación aproximada de su muerte ni de los medios capaces de producirla. Rehúsan entrar en habitaciones donde se ha matado a otros animales y diríase que presienten su suerte. Pero en realidad es el olor de la sangre el que genera este movimiento instintivo de retroceso. Todos los casos fiables que se citan, y en los que se quiere ver suicidios propiamente dichos, pueden explicarse de otras maneras. Si el escorpión, irritado, se pincha con su dardo (hecho que no es del todo exacto), lo hace, probablemente, en virtud de una reacción automática y refleja. La energía motriz, sobrecargada por la excitación, se descarga al azar y como puede; el animal es su víctima, sin que quepa decir que se haya representado por anticipado las consecuencias de su acción. Cuando los perros se niegan a alimentarse porque han perdido a su dueño es porque la tristeza que sienten suprime en ellos mecánicamente el apetito; la muerte resulta de esta causa, pero no ha sido prevista. Ni el hambre, en este caso, ni la herida en el otro, se han empleado como medios cuyo efecto se conocía. En estos ejemplos faltan las características esenciales del suicidio que hemos definido. De ahí que en las páginas que siguen sólo nos ocupemos del suicidio humano[3].