El suicidio

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Difiere de la precedente en que implica una reproducción. Cuando se sigue una moda o se observa una costumbre, no se hace más que lo que han hecho o hacen los demás todos los días. De la definición misma se deduce que esta reproducción no se debe a lo que se ha llamado instinto de imitación sino, por una parte, a la simpatía que nos lleva a no oponernos al sentimiento de nuestros conocidos para poder beneficiarnos mejor de su trato y, por otra, al respeto que nos inspira la forma de obrar o de pensar colectivas y a la presión directa o indirecta que la colectividad ejerce sobre nosotros para prevenir las disidencias y mantener íntegro ese sentimiento de respeto. El acto no se reproduce porque tenga lugar en nuestra presencia, porque no lo reconozcamos o porque amemos la reproducción en sí misma. El acto se reproduce porque es obligatorio y, en cierta medida, útil. Lo llevamos a cabo no por realizarlo pura y simplemente, sino porque estamos socialmente obligados y no podemos renunciar a hacerlo sin serios inconvenientes. En una palabra: obrar por respeto o por temor a la opinión no es obrar por imitación. Tal acto no es esencialmente distinto de otros que realizamos cada vez que creemos obrar de nuevo. Tiene lugar, en efecto, en virtud de un carácter que le es inherente y nos hace considerar que su realización es un deber. Pero cuando nos rebelamos contra los usos en lugar de seguirlos, no obramos de manera distinta. Si adoptamos una idea nueva, una práctica original, es porque tiene cualidades intrínsecas que consideramos dignas de ser adoptadas. Seguramente, nuestros motivos no sean los mismos en ambos casos, pero el mecanismo psicológico es exactamente igual. En uno y otro caso, entre la representación del acto y su ejecución se intercala una operación intelectual que consiste en una aprehensión, clara o confusa, rápida o lenta, de su rasgo más determinante, sea cual fuere. El modo en que nos adaptamos a las costumbres o a las modas de nuestro país no tiene nada en común[104] con la imitación maquinal que nos hace reproducir los movimientos de los que somos testigos. Entre ambas maneras de obrar está toda la distancia que separa la conducta razonable y deliberada del reflejo automático. La primera se basa en razones, aunque no se expresen en forma de juicio explícito. La segunda no, resulta directamente de la mera visión del acto, sin ninguna otra intermediación mental.


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