El suicidio

El suicidio

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En las sociedades que acabamos de mencionar, o en otras del mismo género, se dan frecuentemente suicidios cuyos móviles inmediatos y aparentes son de los más fútiles. Tito Livio, César, Valerio Máximo, nos hablan, no sin extrañeza repleta de admiración, de la tranquilidad con la que se daban muerte los bárbaros de la Galia y Germania[215]. Había celtas que se comprometían a dejarse matar por vino o por dinero[216]. Otros presumían de no retirarse ante las llamas ni las olas del mar[217]. Los viajeros modernos han observado prácticas parecidas en multitud de sociedades inferiores. En Polinesia, suele bastar una ligera ofensa para impulsar a un hombre al suicidio[218]. Lo mismo ocurre entre los indios de América del Norte; basta una querella conyugal o un problema de celos para que un hombre o una mujer se maten[219]. Entre los dakotas o los creeks, el menor desengaño conduce a menudo a soluciones desesperadas[220]. Los japoneses se abren el vientre por el motivo más insignificante. Hasta se dice que se practica una especie de extraño duelo, en el que los adversarios compiten no para alcanzarse mutuamente, sino en destreza para abrirse el vientre con sus propias manos[221]. Hechos análogos se registran en China, en Cochinchina, en el Tíbet y en el reino de Siam.




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