El suicidio
El suicidio En todos esos casos el hombre se suicida sin estar obligado expresamente a ello. Sin embargo, también son suicidios obligatorios. Si bien la opinión pública no los impone formalmente, no deja de favorecerlos. Como no tener apego a la vida es una virtud, y aún la virtud por excelencia, se elogia a quien renuncia a ella por las circunstancias o hasta por alardear. La sociedad prima el suicidio alentándolo, e ignorar la costumbre conlleva los mismos efectos que un castigo propiamente dicho. Lo que se hace en un caso por escapar a la deshonra se hace en el otro para conquistar mayor estima. Cuando se está habituado desde la infancia a hacer caso omiso de la vida y a despreciar a los que la tienen en excesiva estima, uno se desprende de ella con el más ligero pretexto. Es un sacrificio que se emprende sin pena porque cuesta poco. Estas prácticas, al igual que el suicidio obligatorio, van ligadas a la moral más básica de las sociedades inferiores. Como estas, no pueden mantenerse más que cuando el individuo carece de intereses propios, este debe haber practicado la renuncia y mostrar una abnegación exclusiva. Y como los suicidios socialmente obligatorios se deben a este estado de impersonalidad o altruismo, pueden considerarse como un reflejo de la moral característica del hombre primitivo. Por eso los denominaremos altruistas y si, para poner mejor de relieve su peculiaridad, añadimos que son facultativos, sólo queremos señalar que la sociedad los exige con menos intensidad que cuando son estrictamente obligatorios. Ambas variedades se hallan tan estrechamente emparentadas que es imposible señalar dónde comienza una y acaba la otra.