El suicidio
El suicidio La India es la tierra clásica de esta clase de suicidios. Ya bajo la influencia del brahmanismo los hindúes tenÃan facilidad para el suicidio. Es cierto que las leyes de Manu no recomiendan el suicidio más que con muchas reservas. Es preciso que el hombre haya llegado ya a cierta edad, que haya dejado un hijo al menos. Pero, cumplidas estas condiciones, nada le queda por hacer en la vida. «El brahmán, que se ha desligado de su cuerpo por una de las prácticas puestas en uso por los grandes santos, exento de pena y de temor, es admitido con honor en la residencia de Brahma»[222]. Aunque a menudo se ha acusado al budismo de haber llevado ese principio hasta sus más extremas consecuencias y erigido el suicidio en práctica religiosa, en realidad, lo ha condenado. Sin duda, enseñaba que el supremo bien era aniquilarse en el nirvana, pero esa suspensión del ser puede y debe lograrse en esta vida sin necesidad de maniobras violentas. Con todo, la idea de que el hombre debe huir de la existencia está tan arraigada en el espÃritu de la doctrina, y es tan conforme a las aspiraciones del espÃritu indio, que aparece bajo diversas formas en las principales sectas que han nacido del budismo o se han constituido al mismo tiempo que él. Tal es el caso del jainismo. Aunque uno de los libros canónicos de la religión jainista reprueba el suicidio, inscripciones recogidas en gran número de santuarios demuestran que, sobre todo entre los jainitas del sur, el suicidio religioso ha sido una práctica muy extendida[223]. El fiel se dejaba morir de hambre[224]. En el hinduismo, la costumbre de buscar la muerte en las aguas del Ganges o en otros rÃos sagrados estaba muy extendida. Las inscripciones nos dan a conocer nombres de reyes y ministros que se dispusieron a acabar asà sus dÃas[225] y se asegura que, a principios de siglo, esas supersticiones no habÃan desaparecido por completo[226]. Los bhils se precipitaban por piedad desde una roca a fin de consagrarse a Shiva[227]. En 1822 un oficial asistió a uno de esos sacrificios y convirtió en un clásico la historia de los fanáticos que se hacen aplastar bajo las ruedas del Ãdolo de Jaggarnat[228]. Charlevoix ya habÃa observado ritos del mismo género en Japón: «No hay nada más general —dice— que ver a lo largo de las orillas del mar barcas llenas de esos fanáticos que se precipitan al agua cargados de piedras, o taladran sus naves y se hunden poco a poco cantando las alabanzas de sus Ãdolos. Un gran número de espectadores les siguen con los ojos, exaltan hasta el cielo su valor y les piden, antes de desaparecer, su bendición. Los sectarios de Amida se hacen encerrar en cavernas donde apenas tienen espacio para permanecer sentados, y donde sólo respiran por un orificio. Allà se dejan morir tranquilamente de hambre. Otros suben a la cumbre de rocas muy elevadas que penden sobre minas de azufre de las que, de vez en cuando, salen llamas. No cesan de invocar a sus dioses, les ruegan acepten el sacrificio de su vida y piden que se eleven algunas de esas llamas. En cuanto aparece una, la consideran un indicio del consentimiento de los dioses y se tiran de cabeza al fondo del abismo… Se conserva con veneración la memoria de estos pretendidos mártires»[229].