El suicidio
El suicidio No hay suicidios de carácter más marcadamente altruista. En efecto, en todos estos casos vemos cómo el individuo aspira a despojarse de su ser personal, para sumergirse en otra cosa que considera su verdadera esencia. Poco importa el nombre que le dé, sólo cree existir en ella, y quiere fundirse en ella al considerar que carece de existencia propia. Aquà la impersonalidad se lleva al lÃmite; el altruismo está en fase aguda. Pero se dirá: ¿no se producen esos suicidios sencillamente porque el hombre encuentra triste la vida? Está claro que cuando se mata con esa espontaneidad no tiene mucho apego a una existencia de la que se forma, por consiguiente, una imagen más o menos melancólica. Desde este punto de vista todos los suicidios se parecen. SerÃa, sin embargo un grave error no hacer ninguna distinción entre ellos, ya que esta imagen de la vida no tiene siempre idéntica causa y, por consiguiente y a pesar de las apariencias, no es la misma en todos los casos. Mientras el egoÃsta está triste porque no ve nada real en el mundo más que el individuo, la tristeza del altruista intemperante procede, en cambio, de que el individuo no le parece real. Uno se desliga de la vida porque, al no percibir ningún fin al que poder dedicarse, se siente inútil y sin razón de ser. El otro tiene un fin, pero fuera de esta vida, que le parece por eso mismo un obstáculo. La diferencia no sólo se percibe en las causas sino también en los efectos, y la melancolÃa del uno es de una naturaleza completamente distinta a la del otro. La del primero tiene su origen en una sensación de cansancio incurable y de abatimiento disolvente, expresa una total incapacidad para la acción que, al no poder emplearse útilmente, se desmorona sobre sà misma. La del segundo, en cambio, está hecha de esperanza porque entrevé bellas perspectivas más allá de esta vida. Implica hasta el entusiasmo y el impulso de una fe impaciente por satisfacerse que se expresa en actos de una gran energÃa.