El suicidio

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Bajo esta presión, cada uno percibe vagamente el extremo al que pueden llegar sus ambiciones y no aspira a más. Si al menos es respetuoso con las reglas y dócil ante la autoridad colectiva, es decir, si tiene una constitución moral sana, siente que no está bien exigir más. Así se marcan objetivos y términos a las pasiones. Indudablemente, esta determinación no es rígida ni absoluta. El ideal económico asignado a cada categoría de ciudadanos está comprendido entre ciertos límites, dentro de los cuales los deseos pueden desplegarse con libertad. Esta limitación relativa, y la moderación resultante, es la que hace que los hombres se contenten con su suerte, al mismo tiempo que les estimula a mejorar. Es ese contento medio, el que produce un sentimiento de goce tranquilo y activo, ese placer de ser y vivir que, tanto para las sociedades como para los individuos, es la característica básica de la salud. Cada uno está en armonía con su condición cuando no desea más que lo que puede esperar legítimamente como precio normal de su actividad. Por otra parte, el hombre no está condenado a una especie de inmovilidad. Puede tratar de embellecer su existencia, pero sus intentos pueden malograrse sin que desespere por ello. Pues como ama lo que tiene y no pone toda su pasión en perseguir lo que no tiene, las novedades por las que suspira pueden faltarle, puede no cubrir sus deseos y esperanzas, sin quedarse sin nada. Le queda lo esencial. Su dicha está en equilibrio porque está bien definida y unos disgustos no bastan para trastornarla.


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