El suicidio

El suicidio

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De ahí procede la efervescencia que reina en este grupo social y se ha extendido al resto. El estado de crisis y anomalía es constante, normal, por así decirlo. La concupiscencia ha aumentado por toda la escala social sin saber dónde posarse definitivamente. Nada podrá calmarla, porque su objetivo está mucho más allá de lo que puede alcanzar. La realidad carece de valor en comparación con lo que vislumbra como posible su imaginación calenturienta. La negamos, pero la alimentamos cuando se convierte en real. Se tiene sed de cosas nuevas, de goces ignorados, de sensaciones sin nombre que, sin embargo, pierden todo su atractivo cuando se los conoce. Entonces faltan las fuerzas para soportar cualquier revés. La fiebre baja, y se percibe cuán estéril ha sido tanta agitación, ya que todas esas sensaciones nuevas, acumuladas indefinidamente, no han logrado crear un sólido capital de dicha del que se pueda vivir en los días de penuria. El prudente, que sabe gozar de los resultados sin experimentar perpetuamente la necesidad de reemplazarlos por otros, se aferra a la vida, gracias a ello, cuando llega la hora de las contrariedades. Pero el hombre que siempre lo ha esperado todo del porvenir, que ha vivido con los ojos fijos en el futuro, no tiene nada en su pasado que le consuele de las amarguras del presente, porque su pasado no ha sido más que una serie de etapas atravesadas con impaciencia. Se cegaba pensando que la felicidad siempre estaba más allá, que aún no la había encontrado. Pero cuando se detiene no hay nada, tras él ni ante él, sobre lo que pueda reposar su mirada. La fatiga, por otra parte, basta por sí sola para desencantarnos, pues es difícil no acusar a la larga la inutilidad de una persecución sin fin.


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