El suicidio
El suicidio Hasta se puede preguntar si no es, sobre todo, este estado moral el que hace hoy a las catástrofes económicas tan fecundas en suicidios. En las sociedades donde está sometido a una sana disciplina, el hombre soporta también más fácilmente los golpes de la desgracia. Habituado a contrariarse y a contenerse, el esfuerzo necesario para imponerse un poco más de pesar le cuesta relativamente poco. Pero cuando todo lÃmite es odioso por sà mismo, ¿cómo parecerá soportable una limitación más estricta? La impaciencia febril en la que se vive no inclina a la resignación. Cuando no se tiene más objetivo que dejar atrás incesantemente el lugar que se ha alcanzado, ¡cuán doloroso es ser lanzado hacia atrás! La desorganización que caracteriza nuestro estado económico abre las puertas a todas las aventuras. Como las imaginaciones están ávidas de novedades y nada las regula, andan a tientas, al azar. A mayores riesgos hay necesariamente más fracasos y asÃ, las crisis se multiplican justo cuando se vuelven más mortÃferas.