El Matadero
El Matadero Una tremenda carcajada y un nuevo viva estentĂłreo volviĂł a vitorearlo.
¡QuĂ© nobleza de alma! ¡QuĂ© bravura en los federales! ¡Siempre en pandillas cayendo como buitres sobre la vĂctima inerte!
–Degüéllalo, Matasiete; quiso sacar las pistolas. Degüéllalo como al toro.
–PĂcaro unitario. Es preciso tusarlo.
–Tiene buen pescuezo para el violĂn.
–TĂłcale el violĂn
–Mejor es la resbalosa.
–Probemos –dijo Matasiete, y empezĂł sonriendo a pasar el filo de su daga por la garganta del caĂdo, mientras con la rodilla izquierda le comprimĂa el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos.
–No, no lo degüellen –exclamó de lejos la voz imponente del Juez del Matadero que se acercaba a caballo.
–A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mazorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!
–¡Viva Matasiete!
“¡Mueran!” “¡Viva!” –repitieron en coro los espectadores, y, atándolo codo con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento, como los sayones al Cristo.