El Matadero
El Matadero La sala de la casilla tenÃa en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salÃan los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del Matadero. Notábase además, en un rincón, otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes, y porción de sillas entre las que resaltaba un sillón de brazos destinado para el Juez. Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas, cantaba al son de la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma, llegando en tropel al corredor de la casilla, lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala.
–A ti te toca la resbalosa –gritó uno.
–Encomienda tu alma al diablo.
–Está furioso como toro montaraz.
–Ya te amansará el palo.
–Es preciso sobarlo.
–Por ahora verga y tijera.
–Si no, la vela.
–Mejor será la mazorca.
–Silencio y sentarse –exclamó el Juez, dejándose caer sobre su sillón.
Todos obedecieron, mientras el joven, de pie, encarando al Juez, exclamó con voz preñada de indignación:
–¡Infames sayones!, ¿qué intentan hacer de m�