El Matadero
El Matadero –¡Calma! –dijo sonriendo el Juez–, no hay que encolerizarse. Ya lo verás.
El joven, en efecto, estaba fuera de sà de cólera. Todo su cuerpo parecÃa estar en convulsión. Su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecÃan salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.
–¿Tiemblas? –le dijo el Juez.
–De rabia, porque no puedo sofocarte entre mis brazos.
–¿TendrÃas fuerza y valor para eso?
–Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.
–A ver las tijeras de tusar mi caballo, túsenlo a la federala.
Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores.
–A ver –dijo el Juez–, un vaso de agua para que se refresque.
–Uno de hiel te darÃa yo a beber, infame.