El Matadero
El Matadero Un negro petiso púsosele al punto delante con un vaso de agua en la mano. Dióle el joven un puntapié en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo, salpicando el asombrado rostro de los espectadores.
–Éste es incorregible.
–Ya lo domaremos.
–Silencio –dijo el Juez–, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta el bigote. Cuidado con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas. ¿Por qué no traes divisa?
–Porque no quiero.
–¿No sabes que lo manda el Restaurador?
–La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.
–A los libres se les hace llevar a la fuerza.
–SÃ, la fuerza y la violencia bestial. Ésas son vuestras armas, infames. ¡El lobo, el tigre, la pantera, también son fuertes como vosotros! DeberÃais andar como ellos, en cuatro patas.
–¿No temes que el tigre te despedace?
–Lo prefiero a que maniatado me arranquen, como el cuervo, una a una las entrañas.
–¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroÃna?
–Porque lo llevo en el corazón por la patria, que vosotros habéis asesinado, infames.
–¿No sabes que asà lo dispuso el Restaurador?