La Cautiva
La Cautiva un amor, una esperanza,
un astro en la noche obscura,
un destello de bonanza,
un corazón que querer.
Una voz cuya armonía
adormecerla podría;
a su llorar un testigo,
a su miseria un abrigo,
a sus ojos qué mirar.
Quedaba a su amor desnudo
un hijo, un vástago tierno.
Encontrarlo aquí no pudo,
y su alma al regazo eterno
lo fue volando a buscar.
Murió; por siempre cerrados
están sus ojos cansados
de errar por llanura y cielo,
de sufrir tanto desvelo,
de afanar sin conseguir.
El atractivo está yerto
de su mirar. Ya el desierto,
su último asilo, los rastros
de tan hechiceros astros
no verá otra vez lucir.
Pero de ella aún hay vestigio.
¿No veis el raro prodigio?
Sobre su cándida frente