La Cautiva
La Cautiva aparece suavamente
un prestigio encantador.
Su boca y tersa mejilla
rosada entre nieve brilla,
y revive en su semblante
la frescura rozagante
que marchitara el dolor.
La muerte bella la quiso,
y estampó en su rostro hermoso
aquel inefable hechizo,
inalterable reposo,
y sonrisa angelical,
que destellan las facciones
de una virgen en su lecho;
cuando las tristes pasiones
no han ajado de su pecho
la pura flor virginal.
Entonces el que la viera,
dormida, ¡oh Dios!, la creyera;
deleitándose en el sueño
con memorias de su dueño,
llenas de felicidad.
Soñando en la alba lucida
del banquete de la vida
que sonríe a su amor puro;
más ¡ay! en el seno obscuro
duerme de la eternidad.