La Cautiva

La Cautiva

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Los ayes, los gritos, clamor del que llora,

gemir del que implora,

puesto de rodillas, en vano piedad,

todo se confunde: del plomo el silbido,

del hierro el crujido,

que ciego no acata ni sexo, ni edad.

Horrible, horrible matanza

hizo el cristiano aquel día;

ni hembra, ni varón, ni cría

de aquella tribu quedó.

La inexorable venganza

siguió el paso a la perfidia,

y en no cara y breve lidia

su cerviz al hierro dio.

Viose la hierba teñida

de sangre hedionda, y sembrado

de cadáveres el prado

donde resonó el festín.

Y del sueño de la vida

al de la muerte pasaron

los que poco antes holgaron

sin temer aciago fin.

Las cautivas derramaban

lágrimas de regocijo;

una al esposo, otra al hijo

debió allí la libertad;

pero ellos tristes estaban,


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