La Cautiva
La Cautiva sí, en los sinceros arrojos
de tu corazón amante.
María en aquel instante
se sobrepuso al terror,
pero cayó sin sentido
a conmoción tan violenta.
Bella como ángel dormido
la infeliz estaba, exenta
de tanto afán y dolor.
Entonces, ¡ah!, parecía
que marchitado no había
la aridez de la congoja,
que a lo más bello despoja,
su frescura juvenil.
¡Venturosa si más largo
hubiera sido su sueño!
Brian despierta del letargo:
brilla matiz más risueño
en su rostro varonil.
Se sienta; extático mira,
como el que en vela delira;
lleva la mano a su frente
sudorífera y ardiente,
¿qué cosas su alma verá?
La luz, noche le parece,
tierra y cielo se obscurece,
y rueda en un torbellino