Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—La mejor de las noticias, sahib —respondió Abdullah—. Lo tengo, justo fuera de la ciudad, en una jaula de madera cubierta con estera, para que nadie pueda ver lo que hay dentro; pero ¡caramba!, ¡lo que nos ha costado capturarle! Le atrapamos en una red, pero mató a tres guerreros de Ndalo antes de que pudieran atarle las manos a la espalda. Es fuerte como el-fil, es mejor que le dejes con las manos atadas.

—Mi jaula no soportaría un elefante —dijo Krause—, pero, si pudiera, sería muy fuerte.

—Aun así, yo le dejaría las manos atadas —insistió Abdullah.

—¿Ha hablado? —preguntó Krause.

—No, no ha dicho ni una palabra; solo está sentado y mira. No hay odio ni miedo en su mirada, me recuerda al adrea; siempre estoy esperando oírle rugir. Tenemos que alimentarle a mano, y cuando se come su carne, gruñe como el adrea.

—¡Magnífico! —exclamó Krause—. Causará sensación. Ya veo a esos necios americanos rogando pagar un buen dinero para verlo. Ahora escucha: esta tarde me iré y me quedaré más arriba en la costa; regresaré cuando haya anochecido. Carga la jaula en un dhow más abajo de la ciudad y quédate fuera h asta que veas mi señal: encenderé y apagaré mi linterna tres veces en rápida sucesión con intervalos; después tú enciendes una luz. ¿Entendido?


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