Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —Debe de ser un espécimen muy valioso el que te traerá Abdullah —dijo la muchacha.
—Lo es.
—¿Qué es, Fritz, un elefante rosa o un león carmes�
—Es un hombre salvaje, pero no lo digas a nadie; los cerdos ingleses jamás me permitirÃan subirlo a bordo, si lo supieran.
—¡Un hombre salvaje! ¿Uno de esos cuyas cabezas tienen la parte superior puntiaguda, como un cono? Debe de tener un pequeño mechón de pelo justo en la punta del cono, y su nariz debe de ser ancha, de lado a lado de la cara, y no debe de tener barbilla. ¿Es asÃ, Fritz?
—Nunca lo he visto, pero supongo que es asÃ; ha sido lo ortodoxo desde el Qué es qué de Barnum.
—¡Mira, Fritz! Ahà llega Abdullah.
El moreno árabe se acercó a ellos; su rostro no revelaba nada del resultado de su misión, ni éxito ni fracaso.
—¡Marhaba! —le saludó Krause—. ¿Ey cavar?