Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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El gran león avanzó lentamente en el calor, y Thak Chan dio media vuelta y huyó. El espantoso rugido que le seguía casi le paralizaba de terror mientras corría como un diablo a través de los conocidos laberintos del bosque, mientras cerca, detrás de él, el hambriento león corría con grandes zancadas persiguiendo a su presa. No podía haber esperanza alguna para Thak Chan en esa desigual carrera aunque hubiera permanecido en pie, pero cuando tropezó y se cayó aceptó con resignación que aquello era el fin. Se volvió para mirar a aquella desconocida y temible criatura; pero no sé levantó, y, sentado en el suelo, aguardó el ataque con la lanza preparada.

El león apareció entonces de un recodo del sendero de la jungla. Sus ojos verde amarillentos eran redondos y le miraban fijamente. Para Thak Chan era como si ardieran con fuego de furia. La bestia mostró los grandes colmillos amarillos con un rugido tan malvado que Thak Chan se puso a temblar de nuevo. El león no atacó; se limitó a acercarse trotando hacia su presa, pues solo se trataba de un enclenque hombre-bestia; no era un antagonista que valiera la pena para el Rey de las Bestias.




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