Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Thak Chan rogó a dioses extraños cuando vio acercarse la muerte; y entonces, como si fuera una respuesta a sus plegarias, ocurrió algo asombroso: un hombre desnudo, un gigante para Thak Cha, saltó desde un árbol al camino sobre el lomo de aquella bestia salvaje para la que Thak Chan ni siquiera tenía nombre. Un poderoso brazo rodeó el cuello de la bestia, y sus fuertes piernas envolvieron la zona lumbar de su cuerpo. La bestia se levantó sobre sus dos patas traseras rugiendo de un modo horrible, e intentó alcanzar a la cosa que tenía en la espalda con los colmillos y con las garras. Saltó en el aire, retorciéndose y dando vueltas; se arrojó al suelo y rodó sobre sí mismo en un esfuerzo frenético por liberarse; pero la silenciosa criatura se aferraba a la bestia con tenacidad, y con su mano libre clavó un largo cuchillo una y otra vez en el ambarino costado del animal, hasta que, con un estrepitoso rugido final, la bestia cayó de lado, tuvo unas convulsiones por unos instantes y se quedó inmóvil.

Thak Chan había observado esta asombrosa batalla con sentimientos mezclados de terror y esperanza, medio convencido de que en verdad era un dios que había acudido a salvarle, pero casi era tan temible aquel dios como la bestia.



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