Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Al ver que por aquel camino no iba a ninguna parte, Tarzán cogió una flecha de su carcaj y con la punta dibujó a Horta, el verraco, en la tierra bien apretada del sendero; entonces puso la flecha en su arco y dirigió la flecha hacia el dibujo, detrás del hombro izquierdo.

Thak Chan sonrió e hizo gestos de asentimiento con gran excitación; entonces hizo señas a Tarzán de que le siguiera. A medida que se alejaba por el sendero, se atrevió a levantar la mirada y vio a los dos orangutanes posados en un árbol y mirándole. Esto fue demasiado para la mente simple de Thak Chan; primero la extraña y horrible bestia, después un dios, y ahora esas dos espantosas criaturas. Temblando, Thak Chan puso un flecha en su arco, pero cuando apuntó a los simios. Tarzán le arrebató el arma y llamó a los orangutanes, que bajaron y se quedaron a su lado.

Thak Chan estaba ahora convencido de que estos también eran dioses y estaba bastante sobrecogido por la idea de que estaba asociándose con tres de ellos. Quería darse prisa en regresar a Chichén Itzá y contar a todo el mundo los milagrosos sucesos del día, pero luego se le ocurrió que nadie le creería y que podría despertar la ira de los sacerdotes. También recordó que por mucho menos que eso se habían elegido hombres como víctimas de los ritos de sacrificio en el templo.


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