Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Tenía que haber alguna manera. Thak Chan pensó y pensó mientras conducía a Tarzán de los Monos a través del bosque en busca del jabalí; y al fin se le ocurrió un magnífico plan: llevaría a los tres dioses a Chichén Itzá para que todos los hombres pudieran ver por sí mismos que Thak Chan no mentía.

Tarzán creía que era conducido en busca de Horta, el verraco; y cuando una curva en el sendero les llevó al linde de la jungla y vio una ciudad asombrosa, se quedó tan sorprendido como Thak Chan se había quedado cuando se dio cuenta de que sus tres compañeros eran dioses. Tarzán vio que la parte central de la ciudad estaba construida sobre un montículo en cuya cima se elevaba una pirámide coronada por lo que parecía ser un templo. La pirámide estaba construida con bloques de lava que formaban empinados escalones que llevaban hasta la cumbre. Rodeaban la pirámide otros edificios que ocultaban su base a la vista de Tarzán; y en torno a toda esta parte central de la ciudad se hallaba una muralla, horadada de vez en cuando por puertas. Extramuros había endebles moradas de techo de paja, sin duda las viviendas de los habitantes más pobres de la ciudad.

—Chichén Itzá —dijo Thak Chan, señalando y haciendo señas a Tarzán de que le siguiera.


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