Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Con el recelo natural de la bestia salvaje que casi era inherente en él, el hombre mono vaciló. No le gustaban las ciudades, y siempre había recelado de los extranjeros, pero después la curiosidad se impuso a su criterio y siguió a Thak Chan hacia la ciudad. Pasaron junto a hombres y mujeres que trabajaban en campos donde se cultivaba maíz, alubias y tubérculos: un monumento a la perspicacia de Chac Tutul Xiu, quien, más de cuatrocientos años antes, había tenido la previsión de traerse semillas y bulbos desde Yucatán.

Los hombres y las mujeres que estaban en los campos levantaban la mirada atónitos cuando veían a los compañeros de Thak Chan, pero aún se quedaron más atónitos cuando Thak Chan anunció con orgullo que eran Che, Señor del Bosque, y dos dioses de la tierra.

Para entonces, sin embargo, los nervios de los dos dioses de la tierra habían soportado ya todo lo que podían resistir; y estas deidades se volvieron y salieron corriendo hacia la jungla, avanzando pesadamente en la postura medio encorvada de los grandes simios. Thak Chan les llamó suplicante, pero de nada sirvió, y un momento después les vio subirse a los árboles y desaparecer.


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