Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—Una nunca sabía cuándo podría meterte en su cabeza para comérsete —insistió miss Leigh.

—Estuve encerrada con él dos días en aquella jaula —dijo Janette Laon—, y nunca dio la más mínima muestra de no ser civilizado, y mucho menos de ser capaz de hacerme ningún daño.

—¡Brrr! —resolló Penelope, quien aún no había condescendido en reconocer la existencia de Janette, y mucho menos hablarle. La primera vez que la vio había decidido que Janette era una chica ligera de cascos; y cuando Penelope Leigh decidía una cosa, ni siquiera un decreto del Parlamento podía hacerla cambiar.

—Antes de que se marchara, había estado confeccionando armas —recordó Patricia—, y supongo que fue al bosque a cazar; tal vez un león o un tigre le alcanzara.

—Le estaría bien empleado —espetó miss Leigh—. La simple idea de dejar libres a todas estas bestias en esta isla con nosotros… Será un milagro si no acabamos todos devorados.

—Se adentró en la jungla sin armas de fuego —masculló Janette Laon, casi para sí—; oí que el coronel Leigh decía que no faltaba ni una pistola. Imagínense: adentrarse en la selva donde sabía que estaban todas aquellas bestias feroces, y solo con un arpón y un arco y flechas de fabricación casera.


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