Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos La vida en el campamento de los náufragos era ordenada y discurrĂa en orden militar, pues el coronel Leigh habĂa tomado el mando. Como carecĂa de cornetas, habĂa instalado la campana del barco, que sonaba a las seis en punto cada mañana, una estruendosa imitaciĂłn del despertador; asĂ convocaba a todos para reunirse tres veces al dĂa, y anunciaba retreta a las nueve y toque de silencio cada noche a las diez. Unos centinelas protegĂan el campamento las veinticuatro horas del dĂa, y grupos de trabajo patrullaban, o cortaban madera, o recogĂan los alimentos naturales que la jungla les ofrecĂa. En realidad, era un campo modĂ©lico, del que a diario partĂan grupos de pesca remando por la laguna, y grupos de caza penetraban en la jungla en busca de carne, con el fin de variar la monotonĂa de su dieta de frutas y verduras. Era obligaciĂłn de las mujeres mantener los alojamientos en orden y hacer algĂşn remiendo cuando era preciso.
La misteriosa desaparición de Tarzán y su prolongada ausencia era tema de considerable conversación.
—Que se vaya con viento fresco —dijo Penelope Leigh—. Nunca, desde la primera vez que vi a esa terrible criatura, me he sentido segura hasta ahora.
—No sĂ© cĂłmo puedes decir eso —repuso su sobrina—; yo me sentirĂa mucho más segura si Ă©l estuviera aquĂ.
