Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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CapĂ­tulo XV

La vida en el campamento de los náufragos era ordenada y discurría en orden militar, pues el coronel Leigh había tomado el mando. Como carecía de cornetas, había instalado la campana del barco, que sonaba a las seis en punto cada mañana, una estruendosa imitación del despertador; así convocaba a todos para reunirse tres veces al día, y anunciaba retreta a las nueve y toque de silencio cada noche a las diez. Unos centinelas protegían el campamento las veinticuatro horas del día, y grupos de trabajo patrullaban, o cortaban madera, o recogían los alimentos naturales que la jungla les ofrecía. En realidad, era un campo modélico, del que a diario partían grupos de pesca remando por la laguna, y grupos de caza penetraban en la jungla en busca de carne, con el fin de variar la monotonía de su dieta de frutas y verduras. Era obligación de las mujeres mantener los alojamientos en orden y hacer algún remiendo cuando era preciso.

La misteriosa desaparición de Tarzán y su prolongada ausencia era tema de considerable conversación.

—Que se vaya con viento fresco —dijo Penelope Leigh—. Nunca, desde la primera vez que vi a esa terrible criatura, me he sentido segura hasta ahora.

—No sé cómo puedes decir eso —repuso su sobrina—; yo me sentiría mucho más segura si él estuviera aquí.


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