Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Después llegaron a un lugar donde el sendero parecía terminar, desapareciendo en el borde de un espantoso precipicio, pero Che, Señor del Bosque, no vaciló. Se limitó a echarse al hombro a Itzl Cha otra vez y descendió la pendiente con la misma facilidad con que lo hicieron los dos dioses terrenales.
Sin embargo, Itzl Cha no podía por menos de sentir terror cuando miraba abajo; y por eso cerró los ojos con fuerza, contuvo el aliento y apretó su cuerpecillo al de Che, Dios del Bosque, que se había convertido para ella en algo así como un refugio.
Al fin llegaron abajo, y una vez más el Señor del Bosque alzó su voz. Lo que dijo le sonó a Itzl Cha como: «¡Yud, Tantor, yud!». Y eso era exactamente lo que había dicho: «¡Ven, Tantor, ven!».
Poco después oyó Itzl Cha un ruido como jamás hasta entonces había oído, un ruido que ningún otro maya había oído jamás: el barritar de un elefante.
Para entonces, Itzl Cha creía que había visto todos los milagros que se podían ver en el mundo, pero cuando un gran elefante macho irrumpió en la jungla, derribando los árboles que se interponían en su camino, la pequeña Itzl Cha lanzó un grito y se desmayó.