Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Schmidt y los lascares se quedaron quietos frente a frente unos instantes; luego, uno de estos últimos dijo:

—¿Qué buscas aquí?

Eran quince, quince hombres hoscos y con el gesto torcido, todos ellos bien armados.

—¿No sois vosotros dos los hombres que vais a ir a descubrir dónde están las armas y la munición para que podamos hacernos con ellas? —preguntó.

—No —respondió uno de los dos—. Si lo quieres saber, ve tú. Nadie recibe más órdenes. Vete. Vuelve a tu campamento.

—¡Esto es un motín! —bramó Schmidt.

—Vete —dijo un corpulento lascar, y puso una flecha en su arco.

Schmidt se dio la vuelta y se alejó pesadamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Krause, cuando Schmidt llegó a su campamento.

—Esos demonios se han amotinado —respondió Schmidt— y todos están armados; se han construido arcos, flechas y lanzas.

—¡El alzamiento del proletariado! —exclamó Oubanovitch—. Me uniré a ellos y les dirigiré. Es glorioso, glorioso; ¡la revolución mundial ha llegado incluso hasta aquí!

—¡Cierra el pico! —espetó Schmidt—; eres un pelmazo.


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