Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Janette echó a correr hacia su choza para coger su rifle, pero Schmidt la alcanzó y la apartó de un golpe.

—Nada de bromas —le advirtió él.

Los cuatro hombres recogieron las cuatro armas de fuego que quedaban en el campamento y luego, a punta de pistola, obligaron a los lascares a cargar todas las provisiones que Schmidt deseara.

—Un buen botín —dijo a Krause—. Creo que ya tenemos todo lo que queremos.

—Tú quizá sí, pero yo no —respondió el coleccionista de animales; entonces se acercó a Janette—. Ven conmigo, cielo —dijo—; volveremos a empezar en el punto en que lo dejamos.

—Yo no —dijo Janette, retrocediendo.

Krause la agarró por uno de los brazos.

—Sí, tú; y si sabes lo que te conviene, es mejor que no des problemas.

La muchacha intentó liberarse y Krause la golpeó.

—Por el amor de Dios, vete con él —exclamó Penelope Leigh—. No montes una escena; detesto las escenas. De todos modos, le perteneces; sin duda, jamás has pertenecido a mi campamento.


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