Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Los dos estadounidenses fueron empujados y arrojados al suelo boca arriba; y allí dos guerreros les separaron las piernas y los brazos, inmovilizándoles cada extremidad. Desde el follaje del árbol, un hombre blanco semidesnudo contemplaba la escena. Sopesaba mentalmente las posibilidades de llevar a cabo un rescate, pero no tenía intención de sacrificarse a sí mismo inútilmente por aquellos dos. Más allá de la fogata para las fieras, dos pares de ojos verde amarillentos observaban sin parpadear. Las puntas de dos sinuosas colas se agitaban de un lado a otro. Un lastimoso gemido llegó procedente del riachuelo próximo; y la leona volvió los ojos en aquella dirección, pero el macho de gran melena negra siguió mirando fijamente la multitud del campamento. El hechicero se levantó y se acercó a las dos víctimas. En una mano llevaba una cola de cebra, a la que habían pegado unas plumas; en la otra, un pesado palo. Marks le vio y se puso a gemir. Forcejeó y gritó:

—¡Sálvame, chico! ¡Sálvame! ¡No permitas que me hagan esto!

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