Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Todo sucedió tan deprisa que el león estaba sobre Mullargan antes de que este pudiera ponerse en pie. Por un instante, la gran bestia se quedó quieta mirando fijamente con ojos relucientes al hombre que yacía en el suelo, paralizado por el miedo, devolviendo la mirada a aquellos ojos aterradores. Percibió el fétido aliento y vio los amarillentos colmillos y la babeante barbilla, y no vio nada más —algo que le llenó de asombro—, ya que Tarzán se lanzó desde el árbol sobre el lomo del gran felino.

Mullargan se puso en pie de un sallo y retrocedió, pero sintió un fascinado horror mientras esperaba que el león matara a aquel hombre. Marks se levantó con dificultad e intentó trepar al árbol, agarrándose al gran tronco en un frenesí de terror. La leona había arrastrado a la mujer lejos del arroyuelo y se la había llevado a la jungla, oyéndose sus gritos de agonía por encima de todos los demás ruidos.

Mullargan deseaba huir, pero no podía. Se había quedado como pegado al suelo, observando lo increíble. Tarzán rodeaba con las piernas la parte de atrás del lomo del león y con sus brazos de acero el cuello cubierto por la negra cabellera. El león se levantó sobre las patas traseras, sacudiéndose inútilmente para quitarse a la cosa-hombre que tenía encima; y junto con sus rugidos y gruñidos, se oían los gruñidos del hombre. Esto último fue lo que heló la sangre a Mullargan.


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