Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Tarzán sabía, por ejemplo, que había un león tumbado en unos arbustos a treinta metros a su izquierda y que el rey de las bestias yacía junto al cuerpo parcialmente comido de una cebra muerta. No veía ni al león ni a la cebra, pero sabía que estaban allí. Usha, el viento, transportaba esa información a su sensible olfato.

La larga experiencia había enseñado a este hombre de la jungla los olores característicos del león y de la cebra. El rastro de olor de un león cuando tiene el vientre lleno es diferente de un león hambriento, que está al acecho. Por eso Tarzán pasó de largo, sin preocuparse, pues sabía que el león no le atacaría.

Tarzán prefería lo que su olfato le decía a cualquier otro modo de descubrir las cosas. Los ojos de un hombre podían engañarle en el crepúsculo y por la noche; el oído podía ser inducido a error por efecto de la imaginación. Pero el sentido del olfato nunca fallaba. Siempre acertaba; siempre le decía a un hombre qué era qué.

Por lo tanto, era lamentable que un hombre no pudiera viajar siempre de cara al viento; o el hombre mismo cambiaba su dirección o el viento la cambiaba.


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