Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Ahora Tarzán caminaba en la dirección del viento para evitar una corriente de agua que no tenía ganas de cruzar nadando. En consecuencia, su preternatural sentido del olfato, temporalmente menos útil, dejó paso a los otros sentidos que le proporcionaban información.

* * *

Y así, llegó a sus oídos algo que habría escapado a todos los oídos salvo al suyo: el lejano grito de Dango, la hiena.

A Tarzán se le erizó el vello, como siempre le ocurría cuando oía ese desagradable sonido. A todos los otros animales, exceptuando solo al cocodrilo, Tarzán podía respetarlos; pero a Dango, a la hiena, no podía sino despreciarla. Despreciaba las sucias costumbres de esa criatura y odiaba su olor. Debido sobre todo a este último solía evitar estar cerca de Dango siempre que podía; de lo contrario, se vería arrastrado a matar a un ser vivo por puro odio, lo cual no le parecía un buen motivo.

Mientras Dango no hiciera ningún daño, Tarzán la evitaba; al fin y al cabo, no podía matar a una bestia solo porque no le gustaba el olor del animal. Además, era la naturaleza de Dango lo que hacía que oliera de tal modo.


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