Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Ahora Tarzán caminaba en la dirección del viento para evitar una corriente de agua que no tenÃa ganas de cruzar nadando. En consecuencia, su preternatural sentido del olfato, temporalmente menos útil, dejó paso a los otros sentidos que le proporcionaban información.
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Y asÃ, llegó a sus oÃdos algo que habrÃa escapado a todos los oÃdos salvo al suyo: el lejano grito de Dango, la hiena.
A Tarzán se le erizó el vello, como siempre le ocurrÃa cuando oÃa ese desagradable sonido. A todos los otros animales, exceptuando solo al cocodrilo, Tarzán podÃa respetarlos; pero a Dango, a la hiena, no podÃa sino despreciarla. Despreciaba las sucias costumbres de esa criatura y odiaba su olor. Debido sobre todo a este último solÃa evitar estar cerca de Dango siempre que podÃa; de lo contrario, se verÃa arrastrado a matar a un ser vivo por puro odio, lo cual no le parecÃa un buen motivo.
Mientras Dango no hiciera ningún daño, Tarzán la evitaba; al fin y al cabo, no podÃa matar a una bestia solo porque no le gustaba el olor del animal. Además, era la naturaleza de Dango lo que hacÃa que oliera de tal modo.