Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Una vez más, examinó la herida. Meneó la cabeza, con el entrecejo fruncido.

—La bala llegó desde arriba… Ahora, cómo podría ser…, a menos que…, a menos que procediera de otro avión. Eso es. ¡Tiene que ser esto! No pudo haber ocurrido de otro modo.

Extraño misterio, en verdad, en el corazón de Ãfrica, lejos de todas las rutas aéreas. Tarzán interpretó esta señal como habría interpretado un rastro en los senderos de la jungla, y las conclusiones a las que llegó eran tan seguras, tan seguras que se preguntó a sí mismo:

—¿Adónde fue el otro avión?

Los sonidos que hacían las hienas —el desgarrar de la carne, los sorbidos, mordiscos y babeos, el rechinar de sus dientes mientras devoraban a uno de su propia especie— llegaban a Tarzán y este escupió con repugnancia. Casi estaba decidido a saltar con la lanza y el cuchillo y acabar con ellas; preparar un festín para los buitres. Pero murmuró para sí:

—Aquí hay cosas más importantes. Cosas que tienen que ver con los seres humanos. Ellos están antes.

De manera que siguió con su investigación. Encontró un solo guante, un guante de la mano derecha. Lo recogió, lo abrió, olió el interior. Su nariz tembló. Entonces soltó el guante; pero tardaría en olvidar lo que había aprendido de él.


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